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Tardes de soledad un documental de Albert Serra

  • Foto del escritor: José Luis López
    José Luis López
  • 10 ene
  • 2 Min. de lectura

Tardes de soledad, el documental de Albert Serra (ganador de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián), no se limita a observar la tauromaquia desde fuera: se adentra en la fuerza interior de Andrés Roca Rey, su preparación, su vulnerabilidad y su confrontación con el riesgo como acto casi ritual.


Tardes de Soledad

Hay películas que no buscan ocupar el espacio con ruido, sino abrirlo al espectador. Esta obra pertenece a esa estirpe. A través de largas secuencias de corridas, preparativos en hoteles, viajes en coche y silencios en la plaza de toros, Serra construye un retrato que no narra una biografía convencional, sino que explora la tensión íntima que vive el torero ante la mortal belleza de la lucha con el toro.


La puesta en escena apuesta por la contención. La cámara observa sin juzgar; acompaña sin dramatizar. Decisiones como excluir al público de plano o enfatizar el sonido crudo del ruedo permiten que el espectador experimente la corrida desde dentro del cuerpo y la mente de Roca Rey. El uso del teleobjetivo y los planos cortos en las faenas aislan el acto taurino de cualquier espectáculo festivo, centrándose en el momento decisivo donde la racionalidad humana choca con la naturaleza brutal del animal.



Narrativamente, la película se permite la dilatación del tiempo y la repetición de actos rituales —desde el vestir el traje de luces hasta la lenta espera antes de entrar al ruedo— para convertir lo aparentemente simple en una experiencia cinematográfica densa y meditativa. El ritmo no está pensado para confortar: como cineasta, valoro ese riesgo, porque ser espectador de Tardes de soledad exige presencia y entrega a la experiencia sensorial que propone.


Uno de los mayores aciertos de Serra es su aproximación a la soledad como estado existencial, no solo como temática. Los momentos en los que Roca Rey camina hacia el toro o permanece en silencio antes de la embestida hablan de una soledad que no es aislamiento, sino una concentración absoluta ante el peligro. La película no ofrece grandes discursos ni palabras explicativas: la reflexión nace de la observación directa, de los gestos mínimos, de la respiración contenida.


Desde el punto de vista técnico, destaca la coherencia entre fotografía, sonido y montaje. La elección de Artur Tort detrás de la cámara —con planos que permiten sentir la arena bajo los pies y la respiración del torero en sus pausas— y un diseño sonoro que prioriza los mugidos, los pasos y los golpes en la arena, crean una textura que es al mismo tiempo cruda y poética. La inmersión en el mundo de la tauromaquia se logra sin concesiones a la espectacularidad, sino a través de la presencia física del cuerpo en riesgo.


Tardes de soledad es, en última instancia, una película que no solo observa, siente. Su fuerza reside en cómo transforma un ritual milenario —cargado de tradición, violencia y belleza efímera— en una experiencia cinematográfica que se queda contigo después de salir de la sala. Como director y espectador, agradezco ese tipo de cine: el que no distrae del silencio, sino que nos enseña a escucharlo en sus múltiples intensidades.

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